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CUENTOS DE BOLSILLOS

martes 29 de julio de 2008

PRÓLOGO A ESTA EDICIÓN

Reeditar un libro implica traicionar a uno mismo, o reincidir en sus propios errores. Entre estas dos opciones este prólogo intenta abrir paso a una tercer alternativa. Que la introducción de un elemento ajeno a la primer edición convierta a esta publicación en una entidad autárquica, independiente del texto original, provocando que se lea como un libro distinto.

Aunque noble, la intención -sino del todo vana-, es en sí misma falaz. Las ideas y la estética reproducidas en una edición y otra son esencialmente las mismas.

Se han corregido errores involuntarios y de los otros, y se ha caído así en la primera traición. Pero también en la primer caricia para aquél que ya no soy, y que produjo estos relatos. La vieja fantasía de encontrarse con quien uno ha sido me visita mientras escribo estas palabras. Más inquietante que la magia que pudiera posibilitar ese encuentro es la forma en que el verdadero autor de estos cuentos enjuicie este trabajo.

Todos los cuentos han sido escritos desde los 16 a los 20 años y han sido editados en el 2001. De esa edición original se han dejado de lado un total de cuatro títulos, tres, debido a que serán reeditados por separado, el cuarto por razones estéticas. De los 12 que restan y que siguen a estas líneas, uno puede leerse como la continuación de otro. Si no han conformado un solo relato es porque creo entender que con igual éxito funcionan por separado. Fuera del primer cuento, que para un generosísimo lector, podría remitir a la fundación de lo literario, el resto narra, con las herramientas con las que cuenta un joven de entre 16 y 20 años, distintas ideas que en su momento creí originales y que luego descubrí en otros, de manera mucho más lograda. Aún así, algún lector desprevenido pueda hallar quizás algún mérito en estas piezas. Que esa idea justifique este espacio.

La ínfima posibilidad de que un ser del otro lado del mundo acceda por casualidad, o no, a algunos de estos textos, también es un elemento que alienta estas palabras. Las estadísticas y la matemática lo niegan. La tecnología posibilita ese milagro.

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domingo 27 de julio de 2008

LAS LUCES SE APAGARON

En el cuarto la luz iluminaba el polvo, y las tapas de los libros se presentaban en opacas letras que nada le decían.

Las estanterías insistían en mostrarle esas encuadernaciones de todo tipo y tamaño; y la variedad de colores tampoco le ayudaban a decidirse.

Caminó durante un rato indeciso, mientras las viejas maderas mataban con su crujido el silencioso sonido de la biblioteca vacía. Sabía que sólo podría elegir un libro y los Grandes Autores le mostraban sus títulos más rutilantes, en ese juego de seducción que definiría el libro que finalmente sería elegido.

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Hasta que casi inconscientemente se decidió.

Las arrugas de sus manos le avisaban que había tardado un buen rato en decidirse, pero sabía que decisión era la correcta.

El libro de tapas blancas era el único que había pertenecido a la biblioteca de todos los autores, el único que proclamaba su real importancia ante el silencio de las Grandes Obras.

Sólo ese libro había sido pieza indispensable en los escritos de los Grandes Autores, y también los de los más pequeños. Sólo ese libro había sido fundamental para los Altos Mesías; era el único gracias al cual cada hombre había logrado alcanzar su punto más alto en la literatura.

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El autor salió de la biblioteca ansioso, las manos le temblaban pero sujetaban con fuerza el gran libro. Por su mente las ideas viajaban creando historias, y se entrelazaban formando universos.

Esos universos que estaba seguro encontraría en ese Gran Libro.

Ese Gran Libro único y majestuoso que había sido parte fundamental en la historia del hombre, y que dejaba ver en su interior la espectral palidez de sus páginas en blanco.

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Ante la leve luz de la habitación la mano arrugada seguía escribiendo. Su letra ya no era clara ni prolija, pero la tinta negra de la pluma llenaba las páginas con repetidos caracteres.

Su cabeza le pesaba más que antes y el dolor del cuello no aminoraría, pero la obra no estaba completa y sabía que sólo él podía terminarla.

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Muchas veces había sentido la tentación de abandonar su misión, de abandonar su tarea, pero el autor era fuerte y seguía escribiendo.

En repetidas ocasiones se le había ocurrido mirar hacia atrás, revisar esas páginas iniciales que ya no recordaba. Pero sabía que cualquier detenimiento innecesario sólo retrasaría el avance de la obra.

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Durante días enteros el viejo siguió escribiendo.

Se había encomendado la tarea de darle vida a todas las imágenes, historias y personajes que se le cruzaran por ola cabeza; y no pararía hasta crear un universo tan grande como su mente y su salud de los permitiesen.

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Durante años enteros el viejo siguió escribiendo.

No siempre su mano garabateaba continuamente los caracteres encadenados que poblaban el libro. Había veces que solía detenerse y pensar durante días o meses la palabra correcta o la frase exacta que describiera con precisión las escenas que habitaban su cabeza.

En esos momentos su obra no avanzaba pero sabía que sólo siendo fiel a sus creaciones podría lograr que su obra encontrara su fin.

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El viejo cerró el libro. Recordó como había nacido todo cuando todavía joven había escogido el volumen de páginas en blanco y sonrió. Giró la cabeza hasta ver por la pequeña ventana la noche sin estrellas, y notó como cada pensamiento, cada recuerdo, cada sensación, cada esencia que le pertenecía se encontraba ahora escrito en ese volumen de incontables páginas.

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El autor cerró los ojos y con su obra terminada se retiró de este mundo.

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Las luces se apagaron, las corrientes de los ríos dejaron de correr. Las olas de los mares se detuvieron. Y el viento dejó de soplar.

El sol se enfrió, la luna salió pálida y sin brillo. Las montañas se desvanecieron, las estrellas se apagaron, y alguien, en un libro infinito de páginas en blanco, comenzó a escribir.

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RECUERDOS DEL PASADO

Su visita a mi consultorio, esa mañana, produjo en mí dos sensaciones inmediatas: la primera, de alivio; la segunda, de un increíble estupor.

Había entrado en mi consultorio a eso de las diez de la mañana, cuando todavía quedaban varios pacientes por atender. Se presentó como Davor Boban, y me confesó que su dolor en el parietal izquierdo no era más que una simple excusa para poder llegar hasta mí. Me dijo que no tenía ningún problema en volver otro día, a otra hora, o bien encontrarnos en otro lugar, ya que no ignoraba la importancia de mi labor sobre los dolientes verdaderos. A pesar de mi indignación lo invite a quedarse, aunque (debo admitirlo) más por una intriga de carácter personal que por me amabilidad. Y es que su apellido había traído hasta mí el caso de un paciente del que me había ocupado, casi apasionadamente, por más de cinco años. Así que lo invité a sentarse y lo alenté a que comenzara a contarme el motivo de su visita.

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“Disculpe doctor, esta avergonzante forma de presentarme, pero es usted una pieza fundamental en la búsqueda que llevo a cabo desde hace ya varios años. He intentado presentarme ante usted de una manera más directa y por vías particulares, pero la ignorancia tanto de su dirección, como de algún teléfono no me dejaron otra alternativa que la de pedir una cita en su consultorio.

Seguramente usted se preguntará como es que conseguí esta dirección y de manera forma parte usted en esta búsqueda que me acontece. Pues bien, pasaré a contarle.

Como tal vez haya usted podido notar por mi apellido, soy de ascendencia eslava. No tengo los datos de la llegada de mi familia al país, ni de por quienes estaba integrada en ese momento. Pero he de suponer que debieron haber llegado al final de la segunda guerra mundial, como tantas otras familias, y ahora sé, gracias a usted, que de esa familia ha quedado un pariente mío aquí, en Buenos Aires.

Sinceramente dudo que sepa cómo o cuándo ha podido hacerme llegar a mí ese importantísimo dato. Pues bien, la explicación es sumamente lógica: Usted, si la memoria no me falla, y escasas veces lo hace, cambió el domicilio de su consultorio en 1983. Como suele hacerse de costumbre, se ve que su secretaria envió a cada paciente una nota avisando sobre su cambio de domicilio y notificando su nueva dirección. De esta manera, ha llegado a la casa donde me encuentro viviendo la ubicación de su consultorio y, al mismo tiempo, la noticia de la existencia de mi pariente, ya que, aunque sabía que la casa pertenecía a mi familia, nada sabía de quienes habían habitado en ella. Créame, doctor, que entiendo que tal vez usted no lo haya tratado en años y que quizás apenas lo recuerde, pero cualquier dato, por más insignificante que sea, revivirá en mí la esperanza de esta búsqueda, y me significará un gran hallazgo. Su nombre completo, doctor, era Zedamir Boban.”

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Zedamir Boban. Ya había venido a mi mente cuando mi visita había pronunciado su apellido eslavo. Obviamente le dije que no lo recordaba, que era probable que lo haya atendido, pero que hacía ya mucho tiempo que me contactaba con él, y que lamentablemente no podía decirle nada. Así que, con el tono caballeresco con el que se había manifestado anteriormente, me ofreció sus disculpas por mi tiempo perdido y se fue, cerrando la puerta tras de sí, sin saber que con ese nombre había revivido en mi mente los recuerdos que con tanto esfuerzo había logrado olvidar.

Hacía ya mucho tiempo que no recordaba mis años de locura. Me había afectado justamente durante el tiempo que atendí al Señor Boban, y había sido su propio caso el que había desatado en mí las ideas por las cuales había decidido internarme en la Clínica Psiquiatrita de Lanas, y las que a partir de este momento me atreveré a contarles.

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En 1947 había llegado al barrio un tal Zedamir Boban. Le había comprado la vieja casona de Humahuaca a Gustavo Grondona, que hacía ya más de dos años que se había mudado a un departamento en Belgrano. Con un castellano precario y abandonado por su mujer e hijo a poco tiempo de llegar al país, Zedamir llevaba la vida en una soledad rutinaria de la que poco se sabía, y a la que nadie (incluyéndome, por supuesto) le prestaba demasiada atención. Por eso es que nunca supe de sus actividades hasta aquel llamado. No tuve inconvenientes en reservarle un turno en mi consultorio, pero él prefirió que, en lo posible, me acerara hasta su casa.

Zedamir no sufría de dolor alguno. No padecía ningún tipo de jaqueca, ni de molestias extrañas. Sólo sentía que, con el correr de los días, se le iba debilitando la memoria. Después de realizar varios estudios, y de descartar cualquier enfermedad que causará de modo alguno (ya se parcial o total) alguna clase de amnesia, comencé a interesarme especialmente en el caso, al punto de abandonar a otros pacientes para hacerme tiempo en pro de mis investigaciones, o de derivarlos a colegas no siempre reconocidos.

Y es que el caso de Zedamir Boban era bastante particular. Me había confesado que siempre se había destacado por su particular memoria, y que era capaz de retener datos con sólo leerlos una vez, o recordar números de varios dígitos con sólo escucharlos. Aunque su mayor mi virtud consistía por sus acciones, ya que podía recordar las cosas que había hecho en la mayoría de los días que le habían tocado vivir.

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Me contó que había notado esta perdida de recuerdos hacía algunos meses. Se solía olvidar de lo que había hecho, por ejemplo, hacía unos días atrás, aunque luego ello volvía repentinamente a su memoria. Dando paso al olvido de lo que había ocurrido anteriormente. Por ejemplo: un lunes no recordó que film había ido a ver al cine, y hasta dudó de haber dio, pero el jueves, dos días después, cuando volví a visitarlo me aseguró que no, que el miércoles lo recordaba perfectamente: había ido a cenar alrededor de las nueve al restaurante La Martina, había pedido salmón, luego escalope, había bebido vino De Felipe y hecho sobremesa con un amigo que hacía tiempo no veía (lo cual no dejó de sorprenderme debido a que nunca antes en el barrio se lo había visto acompañado) y después de una breve caminata por el sur había vuelto a su casa. Está claro que esa noche para él había contado con muchos más detalles, y me los había narrado todo al invocar sus recuerdos, sin errores ni contradicciones, sin dudar de ni tomar pausas para revisar algún pormenor. No había duda de que cuando recordaba, recordaba con lujos de detalles. Azorado le pregunté por el cine, sino recordaba haber ido, pero me negó rotundamente cualquier paso por él. Aunque admitía no tener claros los recuerdos del momento en había ido a pagar la cuenta al panadero la quincena pasada. Y esa era otra de las particularidades que le causaba su extraña enfermedad. Los recuerdos borrosos desaparecían sin dejar rastro, a tal punto que hasta se molestaba si se los recordaban. Para él nunca había dudado de los acontecimientos de aquella noche se su concurrencia al cine, o de su cena acompañado.

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Viendo estos acontecimientos, y no sólo aquella vez, ya que situaciones similares se repetían constantemente) opté por iniciar una serie de experimentos, a los cuales se prestó muy amablemente, debido a que nunca había dejado de ser consciente de la enfermedad que lo acosaba. El primer experimento, lo realicé el 2 de mayo. Ese día lo invité a pasar la tarde conmigo para verificar cuánto tiempo era capaz de retener sus recuerdos. Habíamos ido al teatro a ver la obra Los campos risueños, en cuyos parlamentos se mantenían ciertos diálogos en yugoslavo, los cuales amablemente había tenido la paciencia de traducir.

El resultado fu harto curioso. El paciente nunca olvidó ni dudó de haber asistido al teatro conmigo, y sin embargo desmintió totalmente la posibilidad de haberme traducido aquellos pasajes de la obra, mientras repetía hasta el cansancio que él hacía mucho tiempo ya prácticamente desconocía su idioma natal.

Entonces inicié el segundo experimento. El 24 de mayo fuimos a comprar una camisas y luego a cenar. Pero nunca, ni aún varios meses después olvidó detalle alguno de aquel día. Luego de éste, siguieron varios experimentos más, todos con el mismo resultado: no olvidaba nada de lo ocurrido, y recordaba cada diálogo casi textualmente.

Y sin embargo su enfermedad no cesaba.

Se quejaba de perder recuerdos, pero ya no admitía ningún tipo de de experimentos, y mucho menos una internación provisoria, ya que sostenía (con razón) que sus resultados no aportaban dato alguno de la enfermedad. Además, hay que tener en cuenta que para él sólo se trataba de la perdida de un solo y único recuerdo, e insistía, al año de tratamiento que no había perdido recuerdo alguno anteriormente y que recordaba con exactitud lo acontecido desde la fecha (de lo que no recordaba) al día presente, todo con total precisión. Lo cual implicaba, sin dudas, una inmensa contra en el estudio de su enfermedad, porque tampoco estaba dispuesto a ningún tipo de tratamiento convencional para la memoria, por la justa razón de que para él (que tan orgulloso estaba de ella) seguía funcionando perfectamente, a excepción quizá de uno o dos recuerdos que se le trastabillaban. Así, nunca había olvidado qué había ido a ver al cine, nunca había dudado de lo que no recordaba ayer. Entonces entendía que perder un solo recuerdo no era, al fin y al cabo, de una gravedad tan importante.

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Ya sin la colaboración de Zedamir, comencé una nueva serie de estudios. Estos consistían básicamente en anotar todos los recuerdos que Zedamir iba perdiendo y luego recuperando. Los anotaba adjuntándole la fecha en que Zedamir me transmitía que empezaba a no recordar el todo esos acontecimientos, y meses después de los leía. Admito que los resultados fueron mucho más satisfactorios de lo que yo esperaba. En un principio, mi idea era la de hallar en su cerebro alguna secuela de tantos recuerdos perdidos. De la forma en que a veces al escuchar uno la mención del banco, recuerda en ese preciso instante que debía ido a uno hacía ya más de una hora. Pero estudiando los resultados logré llegar a dos conclusiones reveladoras. La primera tenía que ver con la rara “recuperación” de los recuerdos, ya que estos no eran recuperados en realidad, sino simplemente remplazados por otros. Una muestra clara de esto sucedió con el recuerdo de su llegada a Buenos Aires. El 2 de abril dijo no recordar en que momento su mujer y su hijo lo habían abandonado, pero el 29 de ese mismo mes, me dijo que yo estaría confundido, primero porque recordaba exactamente el día en que llegó y segundo, porque había venido solo. De esta manera cada día olvidado por él, de los que yo había anotado era ahora recordado con lujo de detalles, aunque con acontecimientos totalmente diferentes al original. A la segunda de las conclusiones, llegué por gracias a las fechas. Los días olvidados siempre iban hacía atrás en el pasado, de forma que nunca olvidaba recuerdo más nuevos de los que ya había perdido.

Finalmente comprendí el funcionamiento de sistemático de su extraña enfermedad. Zedamir sufría de una pérdida de memoria parcial común, con la distinción de que a cada recuerdo olvidado lo reemplazaba con uno inventado (o que podía ser sacado de alguno de los tantos libros a los que destinaba su tiempo). Lo asombroso era que, gracias a su capacidad de memoria podía “inventar” recuerdos que coincidieran y calzaran completa y maravillosamente con los otros ya creados.

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Con las conclusiones anteriores como base, entendí que pronto mi amigo (después de tanto tiempo ya era merecedor de ese nombramiento) no tendría memoria propia. No sabía hasta que punto avanzarían sus olvidos. Tal vez, ya pronto no se acordaría de mí y me reemplazaría por algún médico inventado, o cualquier personaje extraído de alguna de sus novelas favoritas. Era claro que pronto su memoria estaría llena de recuerdos, de miles de detalles, pero todos falsos, todos inventados. Pronto su vida sería una mentira. Sin otro remedio me dispuse a llevarlo a un sanatorio. Intentaría explicarle su enfermedad y ya con él internado comenzaría una investigación completa sobre su estado mental para iniciar el tratamiento adecuado.

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Fue entonces cuando me di cuenta de mi locura. Después de casi nueve meses sin verlo no me sorprendió que no me contestara por su nombre. Tampoco que me dijera que era Adrián Robles, que había vivido toda su vida en la casona de Humahuaca, la cual había heredado de sus padres, que era argentino de nacimiento y que jamás había sido mi paciente. Que yo era su amigo de la infancia, que no me veía desde que le había recetado unos medicamentos, pero que había estado al tanto de mis problemas nerviosos.

Ya no había caso. Zedamir vivía en un mundo distante y paralelo inventado por sus recuerdos, que lo llevaron a cambiarse hasta el nombre y la nacionalidad. Su mente había perdido hasta los datos más básicos de su existencia. Todo había sido borrado y recreado coherentemente hasta perder (transformar) su identidad. Me debatía en llevarlo a la fuerza al hospital o dejarlo vivir en su propia mentira, cuando unas recetas en mi escritorio me llamaron la atención.

Y el leerlas me llenó de espanto. Eran recetas para Adrián Robles. Ciertos analgésicos. Salí corriendo y pregunté en el barrio por Zedamir Boban. Nadie lo conocía. Pregunté desesperado por el que vivía en la casona de Humahuaca, y escuché como a mis espaldas una vieja se compadecía de mi locura, “pero hermano si vive Adrián robles, desde que nació que vive ahí”.

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El 7 de octubre de 1971, bajo mi consentimiento entré a la Clínica Psiquiatrita de Lanas. Salí totalmente recuperado el 11 de noviembre de 1975. Desde entonces no veo a Adrián Robles.

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Desde entonces no veo a Zedamir Boban. Porque si éste existe (sé que existió) y porque si tiene un hijo (ahora sé que lo tiene) debe ser él. Porque aunque aquel día le haya visto el documento confirmando la nacionalidad argentina de Adrián Robles, doy fe que hoy, luego de recibir mi inesperada visita en mi consultorio por la mañana (una mañana que se me hace inmensamente remota) confirmé en el Centro de Inmigraciones la llegada de Zedamir Boban, el 3 de junio de 1947, con su esposa y su hijo (de nombre de pila Davor) y con la foto al lado, la de mi amigo, el de la infancia, Adrián Robles.

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Sé que tardaré mucho tiempo en aceptar todo este asunto y que, por supuesto, nunca lo llegaré a entender del todo ni le hallaré una explicación.

Pero me permito creer que tal vez, si lográramos aceptar que el pasado no es otra cosa que la acumulación, por orden cronológico, de la memoria de los hombres, las alteraciones que sufra cada una de ellas deberían modificar, inevitablemente, todo nuestro pasado.

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EL FINAL DEL CAMINO

De él soy esclavo, a él pertenezco. De él, depende mi vida.

He tardado mucho tiempo en descubrirlo, en encontrarlo. El estado de mis ropas me vislumbra el paso del tiempo. De años, de lustros, de siglos. Yo no envejezco. Yo, no cambio.

Pero no siempre fui así, antes me parecí a ustedes. En un momento crecí. Viví en ciudades casi como las suyas, con otra gente y con muchas cosas. No recuerdo bien qué eran o para qué servían, ha pasado mucho tiempo. ¿Ha pasado mucho tiempo? Soy consciente de que nosotros apenas tenemos memoria, de que apenas tenemos recuerdos.

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No creo que yo haya elegido esto. Claro que elegí huir, peor esperaba otras cosas, otras respuestas.

Igualmente le agradezco el fin. Le agradezco que me haya dejado llegar, y que me dé el final dentro de poco tiempo.

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¿Les dije que apenas tenemos memoria? De todas maneras les contaré mis recuerdos. Soy joven, pero se que he vivido mucho tiempo. Aunque poco antes de marcharme, antes de no envejecer. Mi ciudad no era muy grande, y no vivía mucha gente, pero era como las de ustedes (o casi como las de ustedes). Tenía espacios: casas, patios, mercados, plazas; lugares donde dormir y lugares donde comer. Y tenía tiempos: crecíamos, envejecíamos, las cosas cambiaban y hasta moríamos. En ese entonces podía contar los días, saber cuando pasaba un mes, cuando era de día y cuando de noche.

Pero luego de ese sueño me fui.

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¿Les hablé de mis sueños? Ahí los vi a ustedes. Ahí lo vi a él. Pero entonces no lo sabía. No conocía las abismales fronteras que nos separan, y menos aún la cantidad de cosas que nos diferencian.

Somos parecidos, aunque sea sólo en el aspecto físico, somos parecidos. Tal vez por eso en mi recuerdo esté él. He olvidado cosas mucho más grandes y más atroces, pero nunca perdí el más mínimo detalle de su imagen. Lo vi sentado, mientras escribía en una unas hojas apenas legibles, en las que en ese momento junto antes de despertar pude leer mi nombre. Repetí mi sueño varias veces y leí lo que escribía. Leí que hablaba de mí y desde entonces comencé a buscarlo.

En ese momento salí de la ciudad, para atravesar campos y montañas, mares y desiertos. Atravesé lugares que ya casi no recuerdo y otros a los que hoy ignoro. Pero entonces llegué a Aquí.

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¿Les dije de Aquí? Aquí es un desierto, Aquí es un bosque, Aquí es una pradera, Aquí es una ciudad. Aquí no se transforma, Aquí no cambia y ocupa tan sólo el lugar en el yo me encuentro. En el que llevo todo este tiempo. Aquí es nada. Aquí no existe, y sin embargo yo me encuentro en él. Tardé en darme cuenta. En descubrirlo. Durante mucho tiempo caminé esperanzado, siempre en la misma dirección con el afán de encontrarlo. Entonces se hizo la noche y con la noche soñé. Soñé que lo encontraba en un bosque, y el día que desperté me encontré en él, luego en una ciudad y al abrir los ojos descubrí sus torres y edificios. Después soñé con muchos lugares distintos y visité cada uno al despertar.

Entonces no dormí, y me di cuenta que estaba donde estoy ahora, y donde estuve siempre: Aquí.

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Por eso le agradezco el fin, porque sé que no he sido yo el que llegó hasta él, sino él quien se ha acercado hasta mí. Y lo hizo una noche mientras dormía, como yo lo había hecho. Me mostró su mundo (el de ustedes) con sus inmensos países y sus gloriosas ciudades. Me enseñó sus limitaciones y las leyes físicas que los controlan.

Llegué a conocer su mundo y no me gustó más que el mío. Ese del que me arrepentí partir y quise volver, unos segundos antes de comprender que ya era tarde.

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Y por eso le agradezco el fin. Porque sé que ahora, al final del camino, después de enseñarme esos enormes edificios donde guardan en papel millones de mundos como el mío, se sentará a escribir, en ese cuaderno donde hace mucho tiempo leí mi nombre, el final de mi historia.

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EL SUEÑO DE SÁBATO

Cansado ya, cerró los ojos y se durmió en el libro. Pero no despertó, no, al menos, en el mundo en el cual se había dormido. No le costó darse cuenta, había leído ese cuento ya muchas veces y se reconoció en él como nos reconocemos todos en cualquier mundo, algo desorientado, y resignado a su nueva realidad.

Recorrió el parque Lezáma y no se molesto en resistir la tentación de buscar a Martín y a Alejandra en aquel banco del encuentro, justo enfrente a la estatua.

Se contentó cuando vio que se había dormido un rato antes de que Alejandra sorprendiera a Martín, y se sentó, apoyando todo su cuerpo en un árbol cercano, a esperar ansioso el momento. Esperó con ganas, pensó en el cómo de su inclusión en el cuento, pero se dio cuenta en seguida que era probable que nunca develara ese misterio. Entonces esperó. Contento, nervioso, esperó. Permaneció atento al encuentro, y vio en viva imágenes lo que tantas veces había visto en palabras. Alejandra sorprendió a Martín.

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¿Alejandra? ¿Martín? El banco era ese, la tarde era esa, ¿Martín? ¿Alejandra? Las mismas ropas, las mismas descripciones. Pero esa Alejandra y ese Martín no eran los que él conocía. Los que tantas veces había imaginado. Sus rasgos, sus gestos, sus ojos. Sus ojos no expresaban lo que los ojos de su Alejandra y su Martín, tanta veces recreados, expresaban con toda claridad. Con bronca, fastidioso, Ernesto vio que esos dos extraños eran, ni más ni menos, que los adolescentes que él había conocido con intimidad, con detalles que incluso no se hallaban en el libro.

Se paró y se fue, dolido, a caminar inconsciente.

Pero hasta su inconsciente lo traicionó y se vio parado frente a la vieja casona de Alejandra. Derruida, sí, inmensa, sí, pero casi sin parecido a la vieja casona donde había imaginado tantas veces a Alejandra y a Martín. Entonces empezó a correr. Corrió y siguió corriendo hasta lugares que ya no reconocía, lugares de los que jamás había leído.

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Ernesto se dio cuenta de así como los que habían sido sus personajes eran distintos, y la casona era distinta, su historia era distinta, sus porqué, sus cómo, sus cuándo…

Pero Ernesto sabía que los cuentos nunca son de quien los escribe sino de quien los lee.

Y fue entonces cuando despertó, con su baba tibia en las páginas del libro, en la casa de siempre de Santos Lugares, y cuándo agarró la vieja máquina y sentó a escribir lo que luego iba a llamar “El dragón y la princesa”.

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EL DIÁLOGO

Salió de su casa temeroso, mientras los nervios lo obligaban a caminar mucho más rápido de lo que estaba acostumbrado.

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Se despertó en el bar de siempre, con la resaca de costumbre y con el guacho pidiéndole, una vez más, que se retirara del establecimiento.

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No había podido desayunar –el miedo no se lo había permitido- y con el estomago cerrado –y vacío- sacó del armario el viejo cuchado que su padre le había dejado antes de morir.

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Se pidió algo fuerte, dejó sus últimas monedas arriba de la mesa, largó una puteada antes de abrir la puerta y dejó que el aire fresco de otra mañana lo terminara de despertar.

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El chillido del viejo mueble le quedó zumbando en la cabeza, mientras las imágenes de lo que había pasado y de lo que podía llegar a pasar, recorrían su mente a una velocidad indescifrable.

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Se encaminó por las vías y recordó que tenía que pasar esa tarde (si llegaba a la tarde) por la estación para recoger a un compadrito que venía del sur y que iba a pasar un par de noche en su casa.

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Cuando cruzó la última calle su acelerada cabeza paró de golpe, vio la esquina pactada y se detuvo un momento, como si todavía no fuese tarde para volverse atrás.

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Dobló en la cortada. Dando la vuelta estaba la vieja esquina a la que recurría otra vez, como si el destino le hubiese impuesto esas viejas baldosas para disputar sus batallas.

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Sacó el puñal que utilizaría por primera vez. Pensó en su padre.

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Se tocó el lado derecho de la faja, nada más que para corroborar que su cuchillo siguiera ahí, donde siempre.

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Ambos se miraron. Uno puro, intacto de sangre, virgen de combates le pidió a Dios que lo guiara en su batalla. El otro, harto de su esquina (y de sus calles y de sus bares) le preguntó a alguien si al fin había llegado su hora.

Después de desempuñar, ni el uno, ni el otro, tardaría demasiado en hallar su respuesta.

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ESE LIBRO. EL SINAHIR

Me dio ese libro como su mejor tesoro, luego abandonó este tiempo.

De la librería, de la que era único dueño, sólo se guardó un volumen muy viejo de un autor desconocido y este vulgar libro al que nunca había puesto en venta.

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El volumen no me era totalmente ajeno. El viejo me había hablado varias veces de él. Describía al ejemplar como una cosa fantástica, me había advertido que una vez comenzada su lectura me sería imposible abandonarla e, incluso, llegar a su fin. Además, que cuando comprendiera la verdadera naturaleza del libro entendería que ese libro es todos los libros, y que toda la literatura, habida y por haber, se encontraba allí, en esas escasas páginas.

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Ahora creo que el libro, de contenido único, no tiene un solo formato y se adapta a quien lo posea. Pero de todas formas lo describiré tal cual llegó hasta mí, en las horas finales en las que el viejo me lo entregó. El libro estaba compuesto de finísimas hojas, aunque de un tamaño no muy grande (el libro entero entraba cómodamente en los bolsillos de mi saco) y las tapas blandas y negras contenían ciertas líneas curvas de un amarillo fosforescente que, imagino, pretendían darle el título de SINAHIR. No poseía datos de autor, edición, fecha de imprenta… Aunque las páginas todavía no se encontraban demasiado amarillentas. Estaba escrito en un lenguaje desconocido donde los caracteres, no muy variados, se alineaban como el español o el inglés. No me llevó mucho tiempo descifrar ese código.

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Cuando comencé a leerlo me pareció notar en sus páginas algunas cosas de Borges, luego percibí ciertos tramas de Shakespeare y, en algunos párrafos, toda la magia poética de Ende. Cuando cerré el libro y contemplé la contratapa ensimismado en mis pensamientos creía haber terminado de leer una obra inédita de Cervantes.

No encontré luego de esa primer lectura el motivo por el cual ese libro me había fascinado por sobre manera, y concebía en mis recuerdos borrosas imágenes de las primeras hojas a las cuales hoy hallaba tan distantes. Y las que tan poco tenían que ver con estas últimas páginas finales.

Emprendí una segunda lectura mucho más profunda y con cierto grado analítico, pero las mismas palabras a las cuales había entregado noches enteras, me causaron, esta vez, un tedio insoportable, y terminé por abandonar su lectura. Tiempo después, cuando por cansancio dejé de preocuparme por el repentino cambio de mi gusto literario -al menos con lo que a ese libro respecta-, me entregué a una nueva lectura ya habiendo olvidado, casi por completo, lo que se encontraba en esas páginas iniciales.

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Otra vez pasé por Borges, por Ende, por Lovercarft, y por Lawrence, por Aristóteles y por Platón. Otra vez creí estar leyendo Romeo y Julieta, y otra vez, en un capítulo distinto, me pareció vivir las aventuras del Quijote. Entonces lo leí otra vez y descubrí nuevos autores que ni recordaba haber leído. Leí más minuciosamente y encontré a Nietzche y a Marx.

Sentí leer y ¡comprender! algunos libros de la Nuevo Testamento, ciertos pasajes del Corán, como si se tratará de cuentos para niños. No tardé en conmoverme por pocas palabras en todos los poemas de Neruda y por asombrarme en cada idea de Schopenahuer. Cuando cerré el libro vi mi humilde biblioteca contenida en ese libro. Leí nuevos autores, conseguí libros infantiles, de mecánica, botánicos, industriales, y todos los encontré ahí, en una cuarta lectura al SINAHIR.

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Me di cuenta que el SINAHIR no contenía un sin fin de palabras, pero sí un sin fin de ideas. Cada palabra sugería una idea, cada oración un método, cada capítulo una ciencia. Todo lo escrito era un disparador de nuevas historias, de nuevas ideas, de nuevos mecanismos. La lectura de ese libro se tornaba infinita y cada nueva lectura del libro se ramificaba en millones de ideas en la cabeza de quien lo leía.

Grandes autores, obras completas, toda la mitología griega y escandinava… Libros de varios tomos estaban reducidos en simples párrafos, otros en escasos capítulos, y en ninguno de ellos se perdía detalle alguno de cada obra. Todo estaba ahí, en esa extraña escritura de escasísimos caracteres, suficientemente simple como para que yo lo descifrara. Me sumergí durante diez años en ese universo de poesía y conocimiento sugerido. Me pregunté si no lo habría tenido en sus manos aquel autor (al que hoy ya no recuerdo) que hablaba de bibliotecas con todos los libros, y de libros de infinitas páginas. Y me pregunté si habría sentido, al igual que yo, esa impotencia y ese terror del que fui prisionero cuando reconocí en él mi humilde literatura. Cuando alcancé a leer, en las líneas amarillas de cubrían la cubierta negra de ese magnífico ejemplar, la extensión total de este pequeño manuscrito.

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